Mateo Hernández
Nací en una familia de canteros y los primeros sonidos que escuché en mi vida fueron los del cincel al golpear la piedra. Mi padre esculpía monumentos funerarios y siendo yo aún muy niño, me entretenía jugando a ser como él, mis juguetes fueron los escoplos, lijas y cinceles. Pronto mis manos adquirieron la habilidad y mi imaginación dio paso a la vocación de mi vida. Las figuras que arrancaba del granito empezaron a ser solicitadas por renombradas familias de la localidad en la que vivía, para decorar los mausoleos del cementerio. Me gustaba acompañar a mi padre a la cantera, a elegir los bloques, recuerdo cómo me enseñaba a diferenciar unos de otros, cómo me dejaba elegir a mí, y cómo yo aprendí a ver la figura que escondían en su interior. El transporte era duro hasta llevarlos al taller de nuestra casa, pero todo esfuerzo era pequeño comparado con la satisfacción de comenzar a acariciarlos para finalmente convertirlos en arte. Recuerdo la calidez del sol en mi cara, las mañanas que íbamos a la cantera, nunca cuando helaba, porque entonces la piedra estaba "dura" y se negaba a salir entera, partiéndose en mil pedazos, era en los días templados, en los que los bloques se dejaban coger…las cuñas y los martillos percutían con una cadencia casi ritual, que nos ponía en comunión perfecta con la música de nuestros ancestros. Por el camino íbamos viendo los canchales, brotando en los campos, presagio de zona de granito, aún me parece ver a las gentes de los pueblos sentadas sobre ellos comiendo el almuerzo mientras cuidaban el ganado, y a los niños jugando, imaginándose en castillos y fortalezas inexpugnables. A veces, los campesinos nos llamaban para que los quitáramos de sus prados, entonces, nosotros los sacábamos de la tierra, dejando sus campos lisos y preparados para la siembra. Montañas viejas, de las que salen las piedras para nuestras casas, para las fuentes de nuestras plazas, para las paredes de nuestras fincas, para los corrales de nuestros animales, y también…para el arte. Mi vida, cambió mucho con los años, tras la muerte de mi madre me fui a Andalucía donde pasé un tiempo entre sueños de torero y realidades de picador en las minas, y terminé mis días en París, mi taller lo trasladé allí, a la finca de Meudon, allí me casé, desarrolle toda mi obra, las esculturas dejaron de ser funerarias para dar paso a retratos y animales, y en fin, a lo que más me gustaba, esculpir la vida. Hoy que descanso en paz en mi pueblo natal, cerca de las canteras de mi niñez y mis esculturas se encuentran en los mejores museos del mundo, veo desde mi universo la dura lucha que continúa entre el trabajador de la piedra y la naturaleza, para arrancar los canchales de su corteza, como si la tierra se negara a dejarse extirpar un tumor por temor a la herida, sin embargo, después, esa tierra agradecida cobra vida donde una vez fue roca inerte. |
Mateo Hernández en su taller, donde esculpió
"La bañista" |
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